LA SILLA DE RUEDAS COMO INSTRUMENTO TERAPÉUTICO
La elección correcta de la silla de ruedas es importante prioritaria para un correcto proceso de tratamiento del paciente con trastorno neurológico. La finalidad con la que se va a utilizar y el perfil clínico del usuario sugieren el tipo de silla que se necesita. La Organización Internacional de Normalización (ISO) propone una clasificación en función de los sistemas de conducción:
12.21.03 Sillas manejadas por un acompañante;
12.21.06 Sillas de ruedas bimanuales impulsadas por las ruedas traseras;
12.21.09 Sillas de ruedas bimanuales impulsadas por las ruedas delanteras;
12.21.12 Sillas de ruedas bimanuales impulsadas por medio de palancas;
12.21.15 Sillas de ruedas manuales de conducción monolateral (impulsadas por un brazo o por un brazo y una pierna);
12.21.18 Sillas de ruedas manejadas por el pie;
12.21.21 Sillas de ruedas de motor manejadas por un acompañante;
12.21.24 Sillas de ruedas con motor eléctrico y dirección manual;
12.21.27 Sillas de ruedas con motor eléctrico y dirección asistida;
12.21.30 Sillas de ruedas propulsadas por motor de propulsión.
Por otro lado, existen sillas de características especiales como las “sillas de verticalización” o los sistemas de remonte de escaleras.
Los componentes básicos de cualquiera de ellas son:
La estructura o chasis
Las ruedas traseras y delanteras, dos propulsoras y dos giratorias
El sistema de conducción (motor, aros, ...)
El sistema de soporte corporal: reposabrazos, reposapiés, asiento, respaldo y, en su caso, cabecero, cuñas pélvicas y otros accesorios.
Este último componente es esencial para el proceso de tratamiento multidisciplinar y es la correcta elección y adaptación lo que ayuda a prevenir las complicaciones derivadas de la posición sedente mantenida (úlceras por presión, problemas cardiorrespiratorios, etc.) y confiere al usuario una mayor comodidad y seguridad así como un correcto ajuste postural que optimiza su funcionalidad.
No existe una clasificación clara de los sistemas de posicionamiento, pero en el mercado se pueden encontrar innumerables combinaciones de sus componentes. Conviene, no obstante, señalar diversos casos clínicos que se pueden dar y que requieren de una consideración especial:
Los pacientes con grandes deformidades ortopédicas y problemas serios de movilidad requieren un sistema que garantice su comodidad y seguridad. Suelen consistir en un sillón hecho a medida y tapizado que se coloca en el chasis.
Los pacientes con enfermedades degenerativas requieren un sistema que permita la continua corrección de sus elementos en función de los cambios morfológicos y/o posturales. En ocasiones se impone un cambio completo del sistema y pasar a uno similar al anteriormente descrito.
Los niños también necesitan un sistema que permita adaptarse cada poco tiempo, en función del crecimiento morfológico. Cuando el tamaño excede la capacidad de adaptación del sistema es necesario un cambio completo de la silla y de sus componentes.
Los afectados de un trastorno neurológico con un buen pronóstico en su evolución (considerando que conseguirá recuperar la función de la deambulación) requieren un sistema que prevenga la adopción de posturas anómalas que retrasen o dificulten su evolución. El aspecto económico es importante en este punto, ya que muchas personas prefieren no realizar este desembolso a la vista de las expectativas favorables. En este caso, la labor de concienciación se vuelve crucial y es necesario encontrar el sistema que mejor se adapta a las necesidades del usuario y a sus posibilidades económicas. En general, con una base y un respaldo rígidos y tapizados puede ser suficiente.
En el caso de que el uso de la silla sea definitivo o durante tiempo indefinido el usuario pasa muchas horas sentado en ella donde incluso realiza las actividades diarias. En esos casos el sistema de posicionamiento se torna aún más importante, y debe cumplir los requisitos siguientes:
LOS REPOSAPIÉS: habitualmente no dan soporte completo a los pies, puesto que suelen ser más estrechos. De este modo, encontramos dos opciones: o apoyan sólo desde el talón hasta el medio pie, presionando el borde en la planta y estimulando el tono de los músculos flexores de los dedos que ocasionan los dedos en garra, o bien apoyan los dedos y antepiés, quedando el talón elevado por la contracción antigravitatoria de los músculos flexores plantares. Lo más indicado es el aumento artificial de la base con unas placas metálicas que se adaptan a las medidas de los pies, para que apoyen totalmente sobre la superficie. El grado de flexión de las rodillas y la altura de los reposapiés se adaptan de acuerdo con este criterio.
EL ASIENTO: su regulación está orientada a prevenir las posibles desviaciones oblicuas de la pelvis, así como a facilitar la estabilidad de este segmento corporal. Lo ideal es un sistema de tres elementos: una base rígida regulable en altura (lo que confiere más opciones para adaptar la altura del reposapiés) y que permita la reclinación o la báscula junto con el respaldo un asiento semirígido que amortigua los impactos de la conducción y permite aplicar accesorios como las cuñas de corrección de oblicuidades o las de rotación externa o interna, y un elemento “antiescaras” que confiere eficacia al apoyo y que puede consistir en un cojín de aire, agua, gel especial, etc.
EL RESPALDO: se pretenden evitar las posturas cifóticas que deforman la columna vertebral y tienen consecuencias fatales sobre el sistema cardiorrespiratorio, así como conferir una estabilidad dotada de funcionalidad al tronco. Se deben adaptar en altura (cuanto más bajo, mayor esfuerzo postural se requiere para controlar el tronco) y en grado de inclinación (10 o 15 grados de reclinación aportan comodidad y garantizan la necesidad de despegar la espalda cuando se realizan actividades manuales sobre una mesa). A veces se añaden soportes laterales forrados con un elemento antiescaras para aumentar la estabilidad lateral del tronco, que pueden ser una alternativa plausible al uso de cinturones de sujeción.
LOS REPOSABRAZOS: su importancia radica tanto en la altura (la suficiente para poder apoyar los codos pero sin tener que elevar los hombros, lo cual acorta y tonifica en exceso el músculo trapecio a nivel bilateral) como en su longitud, que debe ser escasa para permitir la aproximación a una mesa sin choque.
EL CABECERO: se usa en los casos más graves, donde no existe un control cefálico eficaz y debe adaptarse en altura y proyección anterior hasta conseguir el apoyo de la cabeza en él.
Las ventajas de adaptar el sistema de posicionamiento son evidentes desde el punto de vista preventivo. Además se garantiza una adecuación de la postura que ayuda en la labor de recuperación física de forma directa, manteniendo el tono postural en niveles cercanos a la normalidad, y de forma indirecta, ayudando a mantener lo conseguido durante las sesiones de tratamiento. Por otro lado, nos permite adecuar la posición del paciente de manera adecuada para realizar las terapias orientadas hacia el campo cognitivo, consiguiendo, por ejemplo, aumentar el nivel de vigilia mediante la verticalización o mejorar la percepción visual a través de una postura adecuada de la cabeza que permita mantener la horizontalidad de la mirada.
Por todo ello se debe conferir la importancia necesaria a la elección tanto de la silla como de un sistema de posicionamiento corporal adecuado al usuario.
Óscar Sánchez, fisioterapeuta de ASTRANE |